Ese día la esperé azaroso. Las manos me sudaban como nunca. El viento de aquella tarde primaveral languidecía con mi esperanza. Hasta que apareció con su cabello ensortijado sumamente castaño. Vi venir desde la acera del frente aquel escote en su falda que tanto me arrullaba. Su caminar casi se detuvo cuando me divisó. Aquel muchacho huraño, hasta tímido, se atrevía a interceptar su destino.
Cuando la tuve al alcance de mi pasión y deseo todo se nublo... Perplejo la dejé pasar. Mi andar casi no lo sentía, creo que estuve flotando. Mi boca se movía pero no se desplegaban las palabras. Sentí que la derrota me abrazaba tan fuerte, mientras que ella, cimbreante, me volvía loco una vez más. No sé que habrá pensado ella, pero solo sé que esa tarde de sol casi naranja me consagró como el estúpido que ninguna mujer quiere.
Los dos anduvimos con uniformes escolares por casi tres meses más. Angustiado, acudí al recinto escolar, sonrojándome de vergüenza, con la vanidad dilapidada y el ego dinamitado. No sé si contó el impase, pero un desprecio percibí en su aura. Quedaba, ahora, la dura tarea de amortajarme con mi deseo incumplido y con el desencanto en su mirada.
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